Hola a todos, me llamo Antonio y tengo 47 años. Es duro decirlo, pero en el pasado yo estuve durante veintiún años (21 años, dios mío!!!!) inmerso en una relación tóxica. Un ciclo devastador. No voy a extenderme mucho contando lo ocurrido en ese tiempo porque la mayoría de detalles son comunes a quienes hemos padecido una relación abusiva de este tipo.

¡Ejemplos los hemos visto a mares! Lo importante es que ya estoy en una fase de superación avanzada de toda aquella pesadilla, con una nueva pareja asentada. Una relación pacífica y verdaderamente respetuosa, que también trae algunos momentos menos buenos, pero mucho más sosegada y constructiva que la experiencia vivida durante mis años con una persona TLP.

Por resumir esta explicación, ya he llegado a un punto en que me da pereza rememorar de nuevo la retahíla de desgracias que quedan atrás, y que ya me amargaron la vida a fondo en su día. Sin embargo, mi experiencia también reúne aspectos algo diferentes que me apetece contar, ya que creo que pueden aportar cosas útiles. Haré un esfuerzo por rememorar cosas que ya han quedado atrás pero que me ha hecho ser como soy hoy.

 

EL COMIENZO DE LA RELACIÓN

Veamos. Cuando empecé a salir con mi ex (que comenzó nuestra relación muy dolida por su supuesta anterior experiencia sentimental que la dejó, decía ella, “anulada, porque fue traumática”) enseguida me di cuenta de que era una persona “muy mal tomada”: una palabra en un momento concreto parecía sumirla en la desorientación, la rabia o la tristeza.

Poco a poco la realidad inicial de felicidad se volvió grisácea. La vida se hizo rutinaria aunque fue todo tan poco a poco que entonces tampoco parecía desagradable: la típica relación que se vuelve “normal”.

Los problemas de verdad vinieron cuando por su mala salud física (asunto que me preocupaba) a ella le acabaron diagnosticando fibromialgia y dolor crónico. En el futuro -es decir, ahora, visto en retrospectiva-, las cosas empezarían a cobrar sentido en este punto. O a torcerse, según se mire. Porque entonces es cuando empezó a ponerse mal de verdad la cosa: las depresiones, los problemas gástricos, el insomnio, el sobrepeso, los eccemas, la autoestima por los suelos, la inseguridad, la anorgasmia, los repentinos cambios violentos de humor… y siguiendo.

Ella todo lo achacaba a la fibromialgia. Incluso llegaron a darle opiáceos los médicos para mitigar sus dolores. En cuanto a mi… es increíble lo cegado que estaba ante un futuro para el que aquella mujer los médicos decían que, al ser una enfermedad incurable, solo cabía esperar que no fuese a peor…

 

NOS CASAMOS

Y el caso es que así y todo, termine casándome con ella y me fui a vivir a su ciudad. Me hipotequé (yo, no ella) comprando un piso y la vida fue siguiendo su curso, con algunos momentos altos y muchas temporadas bajas, llenas de discusiones y culpas de las que, por supuesto, siempre yo era partícipe en mayor o menor medida.

Los problemas se enconaron progresivamente: en lo vital, la salud física, lo laboral y lo mental. La lleve al primer psiquiatra, a rastras como quien dice. No sirvió.

Unos cuantos médicos después le diagnosticaron depresión cronificada: segunda cuestión a tener en cuenta. Y por medio, la vida imposible que me hizo: ella no aportaba nada a la economía de casa; solo traía alguna vez algo de comida de casa de sus padres (que ella misma acababa tirando); no conseguía trabajo y cuando lo hacía la echaban de todos los colegios donde conseguía un puesto de profesora; se extralimitaba en sus funciones y los compañeros se quejaban (“está cubriendo una baja y ya se cree la jefa de estudios”, me dijo un compañero suyo de claustro).

Entre trabajo y trabajo, ella decía que no se podía concentrar para preparar oposiciones porque “no podía por los dolores que tenía en todo el cuerpo”… todo, todo lo achacaba a la fibromialgia. Y mientras, a mi no hacia más que pedirme: dinero, compras, ropa, vacaciones, fines de semana en balnearios ( “es por mi salud”)… siempre intentando dar pena por un lado, y por otro, siempre queriendo satisfacer sus caprichos, aparentar opulencia, como una niña pequeña.

Pero yo, no sé por qué, la seguía queriendo. Era su pareja, su enfermero, su chofer, y su mecenas y de vez en cuando su amante (al que culpaba de no “satisfacerla”, ¡ahí es nada!). Luego, cuando la rabia se le iba, lloraba, se maldecía, a veces hasta me pedía perdón por su forma de ser y me rogaba que no la rechazase o la abandonase.

Yo me compadecía de ella porque ahí parecía mostrar que tenía bondad y ternura, a pesar de que había algo extraño, algo que no cuadraba… algo ahí parecía postizo, falso, impostado… algo que, desde luego, no se veía, y desde luego no me gustaba, fuese lo que fuese aquello que se escondía y que “no tenía nombre”. Pero en semejante berenjenal, lo “fácil” y lo “serio” es creer que mirando hacia adelante las cosas mejorarán solas.

Pero no. No es así. Eso lo sabría después.

Yo estaba atrapado y me aterrorizaba reconocerlo.

 

TENEMOS UN HIJO

Pasado el tiempo, fuimos padres. Pero la relación estaba tocada. El embarazo fue atroz, ya que tras un aborto espontáneo (al mes y medio de gestación) la sensación de “qué desgraciada soy” se apoderó totalmente de ella. Empezaron los delirios y las lamentaciones; “quiero morir, perdí a mi hijo, perdí a mi hijo” (no llegamos a saber siquiera si era niño o niña); en su frustración, estaba empeñada en que para colmo de males fue “torturada” en el hospital durante su ingreso.

Al quedarse embarazada por segunda vez, el miedo a perder el bebé ya superaba lo racional; de día tenia ideaciones de catástrofes y accidentes hasta el noveno mes, y de noche eran normales las pesadillas. Y por supuesto, durante el embarazo y el posparto, los celos que sentía de cualquier persona hacia mi empezaron a ser una constante. Celos agresivos y exigencias de caprichos fueron de la mano a partir de ahí.

 

A MI EX LE DIAGNOSTICAN CODEPENDENCIA

Veréis que mi historia es redundante respecto a la de cualquier persona atrapada en una relación tóxica. Lo que verdaderamente creo que puede aportar algo sustancial son dos piezas más de este puzzle: al final, en el último año de nuestra relación, cayó en mis manos un libro que me abrió una puerta.

Era la historia de una persona con codependencia a su madre. Yo no sabía qué era eso de la “codependencia”, pero al leerlo lo vi clarísimo. Era otro problema que tenía mi ex. Y muy serio.

Lo comentamos con un nuevo psiquiatra -en cuanto un especialista le decía algo que le molestase, dejaba de ir a su consulta- y el médico dijo, más o menos: “señora, su problema, el de verdad, no se resuelve con medicación; yo le puedo dar ayuda para la ansiedad, pero solo ayudaría a afrontar una consecuencia del problema real.

El fondo de todo esto es muy, muy complicado y no es una “enfermedad”, sino una actitud, una forma de vivir que, creo yo, para solucionarla tiene que replantearse muchos aspectos de su vida, empezando por su relación con su madre”. Ahí quedó claro el segundo diagnóstico. La codependencia explicaba mucho de aquello que era ya un infierno. Mucho… pero no todo.

 

LA RUPTURA

Tiempo después, sobrevino la ruptura. Pasó de decirme un día que me quería con locura a pedirme el divorcio a la mañana siguiente. Y me acusó de todos los males que ella sufría.

En días siguientes recrudeció su actitud. Me despreció, me humilló, me desorientó con razonamientos delirantes, y en un raro giro llegó a pedirme que por favor la perdonase y que me apartase de ella porque yo no merecía sufrir por su culpa… peero de repente empezó a hacerme daño a sabiendas, con saña, sin tregua y sin inmutarse.

Parecía otra persona. Me destrozó. Soy autónomo y acababa de empezar un proyecto que me costó dios y ayuda financiar. El negocio se resintió -pero así y todo no quebró, aunque faltó poco-.

La escalada de caos subió cuando de un día para otro sus padres, de golpe, cambiaron su actitud hacia mi sin explicarme los motivos. Pasaron de ser afables y afectuosos a ser abiertamente hostiles, primero en silencio y luego a acusarme de cosas que yo no podía imaginar (y que, por vergüenza ajena, prefiero callarme). Después, llamaron a una abogada y consiguieron echarme de mi propia casa… y quedarse con la custodia de mi hijo. Esto fue el punto de ruptura más ruin y doloroso. Pero ahí planté cara.

 

EL DIVORCIO Y SUS FALSAS ACUSACIONES

Así pues, acudí también a un abogado y tras algunos tiras y aflojas demenciales conseguimos reconducir la situación en términos de negociación seria. ¡Lo que es tener un apoyo externo que sabe poner distancia emocional!

Pero no fue fácil: tras muchas acciones y acusaciones de las que yo no daba crédito, mi ex me acusó falsamente de agresiones, de violencia de género, y que además “tenía pruebas”.

Esto fue el punto definitivo de ruptura. Ahí creí romperme, eso era tan bajo, tan delirante y sobre todo tan miserable que no creí que llegara a inventárselo, pero… ahora veo que justo ahí es donde empecé a vivir de nuevo.

Como las pruebas nunca aparecieron (no las había, sencillamente) mi abogado anunció que iba a solicitar al juez un peritaje psiquiátrico de la que había sido mi mujer.

Ni siquiera hizo falta formalizar la solicitud: de golpe ella se avino a negociar (deduzco que con la aprobación de su madre, y para respiro de su abogado) y aceptó devolverme la casa de inmediato y a renunciar a la indemnización económica (desmedida) con la que fantaseaba, siempre y cuando que mi hijo quedase bajo custodia de “ellos” (siempre hablaba en plural: mi ex y sus padres).

Lo hice con dolor, porque el niño, entonces con 11 años, es lo que mas quiero en mi vida; pero reconozco que pocas cosas hay más tristes que un hijo que vive separado de su madre. Y yo no podía hacerme cargo de su crianza en solitario, arruinado, estando solo en una ciudad lejos de mi familia, con un trabajo a mi cargo y una situación emocional de agotamiento y todavía en shock.

Y no, no volví a mi ciudad, con mi familia, que hubiera sido lo más fácil para mi. Me quede en esta ciudad porque solo así, quedándome en mi casa hipotecada, a dos calles de la nueva vivienda de mi ex, podría estar cerca de mi hijo, encontrarlo por la calle o el parque y poder verlo crecer, no estar ausente.

Por supuesto, su madre no le dejaba verme más que en lo estrictamente acordado en el convenio de divorcio, incluso escatimando horas. Pero yo tenía muy claro que la criatura no podía pagar el pato. Ni siquiera en mi situación, en una ciudad donde mis pocos contactos personales habían surgido a través de mi ex, con lo cual muchos se volvieron hostiles hacia mi. Y algunos lo siguen siendo. En fin, yo no daba crédito como en unos meses se había desatado una pesadilla así.

Hay que añadir, como colofón de extravagancias y para hacer más ridícula la situación, que, en ese momento, mi ex se puso a estudiar… teología católica. Le pagó los estudios su madre. No se si esto suena más a chiste que a historia desasosegante, ni si tiene algo que ver. Pero es así.

 

DESCUBRO EL TLP. AHORA TODO CUADRA

En medio de esta tormenta, un día en la biblioteca cayó en mis manos un libro cuyo título me llamó la atención: “Deja de andar sobre cáscaras de huevo”. Lo hojeé… Y entonces las piezas del puzzle encajaron. Describía perfectamente lo que había vivido, el comportamiento de mi ex y mis reacciones de estupefacción, las situaciones antes, durante y después de aquella relación. ¡No estaba loco, la pesadilla no me pasaba solamente a mi!

Ahí fuera hay mucha gente que, en silencio, estaba pasando por experiencias tan delirantes como la mía. ¡Lo que me ha ocurrido tiene nombre y soluciones! ¡No soy el único que ha pasado por esto, ahí fuera hay más gente a la que le pasa lo mismo y no esta loca ni está sufriendo algo “diabólico” ni “sobrenatural”!

Sentí que me recorría por dentro un corriente de empatía y de comprensión: lloré de emoción, había esperanza y había medios para salir hacia delante y sobre todo HACIA ARRIBA.

La clave de aquello no era (o no era solo) la depresión, la fibromialgia y la codependencia. ¡Mi ex mujer era una TLP de manual, de pe a pa!!! Entonces, las perspectivas cambiaron por completo y la ventana se abrió. De ahí llegue a esta web y…

 

REFLEXIONES SOBRE MI CASO

En fin, me detengo aquí porque creo que ya me habéis entendido. Solo añadir que cuando reconocí el problema pude dar las claves a mi terapeuta, que entendió mejor lo que ocurría -no se por que no lo vio antes, todo sea dicho-. Y es que reconocer e identificar con nombre y características el TLP de mi ex me ha ayudado muchísimo a salir adelante.

Mi caso tiene algunas peculiaridades (la complejidad y los “problemas extra” del conjunto de dolencias de la individua) pero quiero dejar para el final la petición más importante que echo a faltar en tu web, y que considero verdaderamente necesaria y para la que sigo necesitando ayuda: como sobrevivir a una ex pareja con TLP mientras compartes la patria potestad (con turnos de custodia desiguales) de un hijo menor de edad.

No hace falta insistir en que a través del niño es como mi ex sigue haciéndome daño, a conciencia y de modo intermitente, como procede en cualquier TLP.

Es la única forma que tiene de herir, y lo aprovecha a conciencia y con ruindad. No soy capaz a entender esa maldad, pero ahora soy consciente de mi capacidad de pelear contra los problemas. ¿Te han llegado casos así?

Seria muy beneficioso conocer experiencias con las que aprender a defenderse de una ex pareja TLP cuando usa a tus hijos para seguir saliéndose con la suya y no afrontar sus verdaderos problemas, siempre buscando alguien a quien culpar de lo que ocurre en sus vidas (donde, no lo olvidemos, tristemente quien de verdad manda es la desgracia).

Gracias, David, por tu trabajo y tu web. Tu labor es muy, muy importante y no sabes lo agradecido que te estoy por ello. Y no soy el único, sin duda.

¡Un abrazo!

Antonio L.

 

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